Noventa minutos que detuvieron a la ciudad y al país entero. Era una oportunidad que no se iba a presentar en mucho tiempo.

Hace unas semanas comencé a adentrarme en el mundo del ciclismo urbano, actividad que por mucho creí imposible, peligrosa incluso, en una ciudad como Tijuana. Pero, ¿de qué otra forma se puede reclamar el espacio en nuestras calles si no es ocupándolas? El partido México - Inglaterra prometía vaciar las calles de la ciudad; el momento ideal para recorrer las avenidas principales sin preocuparse por la peligrosa celeridad de los automóviles. El viento, la velocidad, el corazón agitado son sensaciones inigualables. A diferencia de la bicicleta, jamás me he sentido tan vivo, tan consciente del entorno cuando estoy al volante.

Quisiera que todos los días fueran así. Al menos sirvió como práctica, un reconocimiento del terreno para futuros viajes. Quisiera ver más ciclistas en las calles. Entre más gente se de cuenta de que la bicicleta además de un deporte es también un medio de transporte, la balanza poco a poco comenzará a inclinarse en contra del automóvil y a favor de las personas.
Tijuana está muy pero muy lejos de ser una ciudad con calles seguras y sostenibles; y a pesar de todo eso, del calor, de las pendientes, de la nula existencia de banquetas y ciclovías, es posible abrirse paso en esta ruidosa maraña urbana. Eso es lo sorprendente.