Mi madre, que ahora tiene casi dos años de edad, me dio estas lecciones el día que dejé el nido. Todavía recuerdo sus palabras cuando comencé a aletear y volar por primera vez. Ella me enseñó a encontrar las flores más dulces y evitar a los gatos, a cuidarme de las abejas y a hacer piruetas en el aire. Pero creo que estas lecciones que te voy a contar son las que más me han ayudado.
Sé ligero. Apenas podemos con nuestro propio peso, así que asegúrate de cargar contigo solamente lo esencial. No te preocupes. No necesitas todas esas cosas que estás arrastrando. Encontrarás todo lo que necesitas en el camino.
Sé ágil, sé pequeño. Allá afuera hay un mundo lleno de peligro. Tenemos obstáculos que evadir, depredadores de los que huir. Ser pequeño mejorará tus posibilidades de sobrevivir. Ser rápido te llevará a los mejores lugares para alimentarte.
Sé observador. Mira tus alrededores. Identifica los peligros, puntos de observación, comida, agua, refugio. Aprende de tu entorno. No te puedes permitir ignorar lo que está pasando a tu alrededor. Viaja tan lejos como puedas; puede tu próximo hogar esté más cerca de lo que piensas.
Sé valiente. Defiende tu territorio pues el néctar es escaso, especialmente en invierno. Aprende a pelear e intimidar, pero también aprende a escoger tus peleas y a saber cuando rendirte, porque tu energía es demasiado valiosa como para desperdiciarla en un mundo que no perdona.
Y finalmente, sé colorido. Canta, huele las flores, y no te olvides de limpiar esas plumas, porque a veces necesitas olvidarte de todos tus problemas y brindarle un poco de tu luz al mundo.