Se acaba el verano y lo que comenzó como un experimento, un tímido interés por el ciclismo urbano, se convirtió en un estilo de vida.

En estos meses de sol y sequía dediqué muchas de mis tardes a moverme en bicicleta por la ciudad para ejercitarme, divertirme y transportarme. El verano pudo no haber sido el momento ideal para empezar, pues con el sol en alto y una ola de calor el sudor se convertía en una incomodidad. Aún así, los días largos y cielos despejados se agradecen en una ciudad que parece desmoronarse como azúcar ante la lluvia.
Hubo pequeños descubrimientos en estos meses que me gustaría compartir.
El tiempo y el espacio parecen comprimirse, y al mismo tiempo, los sentidos se abren y afinan. En bicicleta se siente el viento, los olores urbanos, el ruido, las perlas de belleza en un mar caótico, invisibles cuando estamos detrás de un volante. Pedaleando la ciudad se vuelve pequeña y más humana. Las calles adquieren una nueva dimensión a la que no se puede acceder desde un automóvil.
Las calorías se van como agua. No sé si lo que he ahorrado en gasolina se vaya en comida, pero al menos gasto mi dinero en algo que puedo disfrutar y saborear sin culpa. Uno puede detenerse en una esquina, comprar algo de comer, y seguir el camino.
¿Más rápido? No sé. ¿Más ágil? Definitivamente. Con tantas pendientes es difícil superar la velocidad de un automóvil, pero la habilidad de evadir obstáculos, colarse en el tráfico, y convertirse en peatón para cruzar la calle y evitar un semáforo en rojo se siente como un superpoder.
Se necesitan más calles de escala humana. No es lo mismo pedalear junto a autos que van a treinta kilómetros por hora que en avenidas donde la velocidad promedio supera los sesenta. A veces la vía más corta, la más obvia y sensata obliga a llevar mi bicicleta por esas calles que no están hechas para la escala humana. Se necesitan más vías con velocidades bajas, con banquetas caminables y señalización apropiada, donde los peatones, conductores y ciclistas tengan el tiempo y la distancia suficientes para reaccionar ante cualquier eventualidad.
Estoy listo para el otoño de las bicicletas. Días más cortos, noches más frías, la lluvia que acecha. Vienen nuevos retos que sin duda dejarán lecciones valiosas.