¿Cuál es mi verdad? Es quizá la pregunta que todos nos hacemos en algún punto de nuestras vidas. Es decir, de las infinitas posibilidades que tiene la vida para ofrecernos, ¿dónde encajamos?
Algunas verdades son fáciles de conocer. Nuestro nombre, el lugar donde vivimos, nuestra familia, nuestra talla de ropa. Otras se cultivan y forman con el tiempo, como preferencias culinarias o gustos musicales. Nos movemos por el espacio y el tiempo nos da las herramientas y conocimientos para formarnos una identidad, nuestra verdad.
Hay verdades que nunca conoceremos. Todas las películas que nunca veremos; la persona que nació rodeada de montañas y nunca aprendió a nadar; la niña que no pudo recibir una educación; el hombre que, por miedo, jamás abordó un avión. Las circunstancias nos encasillan a un subconjunto de verdades a nuestro alcance. Incluso nuestras experiencias, personalidad, y prejuicios nos pueden impedir descubrir otras facetas de la experiencia humana.
Es por ello que la serendipia es un maravilloso remedio que abre caminos y nos expone a otros catálogos de verdades. Experiencias que aunque cotidianas para unos, se convierten en un evento extraordinario para nosotros.
Este año tuve la oportunidad de presenciar cinco obras de teatro en cinco días, que me expusieron al fascinante mundo de las artes escénicas. Pude hablar con actores y actrices sobre sus experiencias; lo que me motivó, contra toda probabilidad, a ingresar a un taller de teatro para seguir explorando este mundo. Algo que jamás había contemplado ni demostrado mucho interés, se convirtió en parte de mi verdad.
Éramos un grupo de desconocidos, cuyos bagajes se superpusieron como un diagrama de Venn con el teatro como intersección. Me sirvió como puente, no solamente para aproximarme a las orillas del inmenso océano que son las artes escénicas, sino también para compartir y aprender de las verdades y caminos que otros han seguido. A partir de un interés por el teatro, se formaron lazos de convivencia y trabajo en equipo, lo cual llevó a improbables amistades.
Somos más maleables de lo que pensamos. Así como nos nutrimos de los libros que leemos, o empatizamos con personajes al asumir roles en escena, conocer a personas tan alejadas de lo que estamos acostumbrados nos puede llevar a descubrir otra dimensión, antes oculta, de nuestra propia identidad. Y hago énfasis en buscar verdades alejadas de la nuestra, porque seguir profundizando en el charco que hemos conocido toda la vida no se compara con dar el salto a otro estanque.